Tres odiosas narrativas

Esto, bueno, podría contener spoilers. Estáis avisados.

En una película tan vasta como Los odiosos ocho se nos obliga a recordar pequeños detalles colocados casi como por azar aquí y allí, pero fundamentales a la hora de crear toda la narración en la que viven, respiran y mueren sus personajes protagonistas. Esta narración no transcurre de forma única y totémica a lo largo del metraje, sino que las ramificaciones crecen a partir de una escena aquí, una información allá, un plano por acá… hasta cimentar tres narraciones distintas, cada una respecto a la relación que mantienen los personajes entre sí y estos con la sociedad en la que viven. La sociedad está viva en(tre) estos personajes. Ella palpita a través de ellos. Sin embargo, su punto de vista cercano, por sarcástico, se vuelve caustico, llevado por un tono burlón y ligero hasta limites que pueden producir el rechazo y desagrado. Pero estas narrativas ramificadas, al enraizarse y subrayarse por esos detalles, por esos planos, por esa iluminación, dan un resultado muy distinto a todo el conjunto.

Capítulo Uno: Violencia y justicia

«La justicia debe ser desapasionada» – Oswaldo Mobray

Si tenemos en cuenta la violencia como algo inherente al propio lenguaje, o sea, a la propia existencia, esta se convierte en una herramienta banal. Pero el uso de la misma es lo que determina el bando de unos y de otros. Mientras que los villanos siempre son los que usan la violencia sin justicia más que el bien propio, el héroe siempre usa esta violencia para detener al villano en cuestión o como método para salvar a los demás. Esta violencia viene justificada, tiene un sentido último que no termina en uno mismo, sino en un conjunto de personas. En un bien mayor. Es muy fácil identificar estas coordenadas en cualquier película de acción actual o pasada. Si matan a tu perro por diversión (=no justificado), la propia acción justifica toda la carnicería posterior del héroe.

En ese sentido, es complicado determinar la justificación de una violencia tan banal, o sea, tan natural como la ejercida por la mayoría de los personajes en Los odiosos ocho. Bien por experiencias presentes o pasadas, la violencia es un denominador común. ¿Qué bien aportan estos hombres y esta mujer si son todos violentos? No será hasta el final de la cinta, hasta el capítulo quinto, cuando la violencia contra los villanos se justifique mediante el acto llevado a cabo por estos de matar a un grupo de gente inocente y desarmada. Para entonces, sin embargo, ya habremos visto como los héroes del film (o, al menos, aquellos que encarnan el tal papel) habrán hecho uso de la violencia para su propio beneficio (=sin justificación).

Atengámonos a la puesta en escena de Daisy Domergue: aparece con un ojo morado, herida, siempre sonriendo de forma grotesca. Es, en general, un personaje despreciable. Y así se nos recuerda constantemente. El constante maltrato al que se ve sometida solo recrudece la visión que tenemos de ella. Chorreando sangre, con la nariz rota, termina llena de la sangre de gente muerta. Para cuando acaba la cinta, su imagen no ha hecho más que empeorar. La película, sin embargo, comienza encuadrándola dentro del propio plano. Recalcando allí su presencia, necesitando que nos fijemos en ella.

daisy

Pero hay un personaje mucho más violento, mucho más desquiciado que ella. Su némesis. Podemos entender esta película como el intento de escapatoria de Daisy, como si la cinta fuese, en realidad, sobre su villana, cual La jungla de cristal. En ese sentido, el Mayor Marquis Warren comienza como un hombre tranquilo, reflexivo, calmado y acaba por cometer una verdadera carnicería contra el resto de personajes. No solo eso, sino esto:

marquisToda esta narración es fundamental para la película, no solo por donde está ubicada y por las consecuencias que conlleva, sino por todo lo que revela de un personaje y su relación con el mundo. Se nos dice que Marquis fue apresado y quemó un campo de prisioneros para huir, dejando una centena de heridos de ambos bandos de por medio. Acabamos viendo a un hombre violento, que no duda en disparar contra cualquier hombre, varías veces, y termina por colgar a una mujer con la ayuda de un sureño.

Este toma y daca entre los sureños y los del norte es fundamental para comprender la tesis superficial de la película: la justicia no puede llegar en forma de venganza o castigo justificado por la agresión pasada. De esta forma, todo se vuelve una tragedia del ojo por ojo. En ese sentido, Marquis alberga una ambigüedad en el seno mismo de su representación. Por un lado, es el hombre negro que porta una carta de Lincoln (Abraham Lincoln, el presidente Licoln, el presidente de los Estados Unidos, de América) que brilla cuando el hombre blanco la toca. «El único momento en el que un negro está a salvo es cuando un hombre blanco se encuentra desarmado». Por otro lado, no deja de ser un soldado expulsado de su ejercito, pero al que se le mira con buenos ojos por tener un gran expediente… al matar indios. Los personajes de la película viven en esta zona de grises, sin ser portadores absolutos de bondades, ni dechados en virtudes.

violencia

El relato narrado por Marquis toca las teclas adecuadas para poder disparar al General Sandy Smithers con fundamento legal, tras una intentona fallida. ¿Nos quiere decir esto que ambos bandos fueron igual de terribles en la guerra? Ahí es donde interviene el sarcasmo cercano, que nos impide ver el bosque nevado. Todo esta historia, que por otra parte no podemos saber si es cierta, se lleva a cabo tras el monólogo de Oswaldo Mobray sobre la justicia. La justicia debe ser desapasionada para ser efectiva. Si una turba de gente, una masa enfurecida, matase a placer a todos aquellos contra los que se les tiene el ojo echado, no serviría de nada. No sería justicia, sería despecho, venganza, un círculo vicioso de violencia. Plantearía la violencia como algo inherentemente necesario, justificado mediante su propio ejercicio. Pese a su inherencia, esta violencia debe ser revelada ante nuestros ojos y sometida. Esto es, contenida. Esto es, no apasionada. Y toda la violencia llevada a cabo en la película no es contenida, sino ardiente, feroz, espontanea.

Esta violencia bascula entre distintos individuos, aunque todos acaban teniendo un nexo de unión, una luz al final del túnel en forma de mujer con los palatales rotos de un puñetazo brusco. Se toma por justicia el momento final de la película, cuando Daisy termina colgada de una viga, mientras dos hombres, un negro y un sureño, contemplan el trabajo realizado tras asumir su propia muerte. Otra vez, estos hombres no lo hacen con la frialdad de la justicia, aquella que, en teoría, debería tan solo atenerse a los hechos y condenar a los criminales, como si ella o estos viviesen en un vacío absoluto, sino que son llevados por una ira final. Esta ira los unirá, sin embargo. Pero eso es el

Capítulo Dos: Raza y Actualidad

«Ya no les gusta que les llamen niggers» – John Ruth

Los odiosos ocho parece hacer con la historia lo que la ciencia ficción hace con el futuro: plantearnos qué sucede en nuestro instante presente. En ningún momento pretende esconder esta realidad. Las constantes referencias al maltrato de los afroamericanos aluden a la Guerra de Secesión, pero se extrapolan a nuestro presente. Allí, en la cabaña nevada, se lleva a cabo un trabajo de catarsis donde se exponen dos puntos de vista enfrentados. La película, sin embargo, no puede evitar posicionarse a favor de uno por encima del otro. Claro que tan solo en la situación actual que se está viviendo se podría plantear tal cosa. Esto supone un necesario avance: tan solo mediante el revisionismo y la iteración constante del mismo relato, cambiando puntos de vista, personajes, acciones y problemáticas sociales se puede abordar un presente convulso y acelerado como el actual.

La película lo aborda de frente, sin subterfugios. La inclusión de un sureño que desprecia de una manera tan frontal a Marquis y, a continuación, la de un General que luchó contra él en la guerra son dos personajes claves para entender la escisión estadounidense. Mientras que los personajes aliados con la villana no se posicionan y el cazarrecompensas John Ruth parece ponerse del lado del afroamericano hasta descubrir la treta de la carta, Marquis y Smithers se encuentran como contrarios absolutos. Su lucha, sin embargo, tiene que ver con la Guerra de Secesión. Allí termina y allí muere. No es Smithers el que nos interesa ahora, sino como un vestigio de un mundo pasado que termina por desaparecer del encuadre de forma violenta, llevado por sus instintos y su rabia. Es, al fin y al cabo, como se ve en la película, un fósil estático, pura decoración en un mundo que avanza lento, pero inexorablemente.

ambos

 

Es con Mannix con quien se da una relación especial. Pasa de una enemistad terrible a una especie de amistad, quizá más de necesidad, ante la adversidad final. Es él quien echa en cara a los otros dos hombres de la diligencia que la gente del sur eran «sus hermanos». Aquí se encuentra el problema principal del desprecio a la raza: ¿cómo justificar esta? En Django Desencadenado, Calvie Candie, el terrateniente sureño, proponía la vía científica. No se puede más que por el prejuicio ideológico. Sin embargo, aquí estamos en un mundo post-guerra civil. Marquis lleva puesta durante toda la película su uniforme de la caballería. Mannix recupera del cadáver del difunto Smithers el uniforme de general del ejercito confederado. Estos uniformes, estas posiciones ideológicas de entender y compartir el mundo, se vienen abajo en el capítulo final, cuando ambos se librarán de sus abrigos para vestirse tan solo con un chaleco y una camisa blanca.

Sin embargo, esto no puede suceder así por las buenas. Dos rivales tan acérrimos con formas tan antagónicas no podrían llevarse jamás bien. Pero si algo hemos aprendido de las buddy movies, es que precisamente esa confrontación de carácteres es la que le da un objetivo y una meta a una narración. Mientras que una película, la primera narrativa, trata sobre la importancia de la justicia ciega, desapasionada, en oposición a la quema de brujas iracunda, viciosa y cíclica, esta avanza unos Estados Unidos divididos y antagónicos que se unen solo para culpar al que es, según su visión, el gran mal de la sociedad: la mujer. Lo cual nos lleva a concluir en el

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Capítulo Tres: Sociedad Patriarcal

«It’s men like you that would make the difference»

Daisy Domergue se presenta como una anomalía en un western de este estilo. Encontramos un caso en la filmografía de Sergio Leone donde aparece una mujer cuyo papel es más relevante que el de presentarse como objeto de deseo o catalizador de la acción: Hasta que llegó su hora. Sin embargo, la apariencia grotesca y descarada de Daisy, como ya hemos mencionado anteriormente, es una anomalía dentro de la película, pero también dentro del propio género. Se presenta, por otra parte, como un objeto de valor que transporta John Ruth y, por decisión personal, conserva con vida. Esto es, la vida de Daisy depende del hombre al que está encadenada. La violencia contra ella es directa, bruta, seca, sin reparos. Mientras con otros hombres parece haber ciertos límites, ciertas palabras que no se deben usar, con ella no hay fronteras ni cortapisas. Su situación dentro de la película no cambia hasta bien entrado el final, cuando el resto de los (sus) hombres están muertos y le dejan hablar por sí misma.

En este sentido, durante toda la película Daisy es un personaje espectador. Un capítulo empieza con una voice over de Quentin Tarantino narrando qué ha sucedido entre capítulo y capítulo. Entramos dentro de la cabeza de ella para recapitular lo acontecido fuera del encuadre, en los márgenes de la escena anterior. Por un momento, compartimos un pedazo de información que el resto no tiene. En su pasividad, Daisy actúa. Pero es por un momento muy breve, muy limitado, además. Durante el resto de la película, sigue siendo esa prisionera atada (después a un cadáver y, al final, a un brazo) paciente y expectante. Su papel es, por ausente, por inexistente, por vacío, alegórico.

Si una presencia se puede contar como una ausencia, entonces el papel puede abstraerse y generalizarse. La situación de Daisy dentro de esa cabaña que representa Estados Unidos, de Georgia a Filadelfia, es la de la mujer en Estados Unidos. O, más general aún, la mujer en la sociedad patriarcal. Abandonada a la suerte de los cambios de humor de un hombre, vejada y maltratada. La violencia, en este caso, ni siquiera necesita de una justificación o de un marco legal para actuar, siempre y cuando sea contra una mujer, contra la mujer, la única que existe. Mientras los hombres luchan y se matan en su círculo de violencia, ella permanece en el margen, alejada del foco de la acción.  Solo en el momento en el que los intereses de los hombres pasan por ella, se le presta atención.

Aquí es donde vuelve a entrar en acción la mirada sarcástica sobre la sociedad. Esta se puede unir siempre y cuando encuentre un chivo expiatorio sobre el que cargar las culpas ajenas, un enemigo común contra el que luchar por un bien mayor. O por un interés propio. La película muestra a estos personajes desquiciados, al final, heridos de muerte que aun tienen tiempo para matar y reventar cabezas con gusto. Hasta el punto en el que ellos son los que deciden cómo matar a la mujer, cómo si tuviesen potestad o fuesen la justicia personificada.

Es de vital importancia fijarse entonces en el plano final para desvelar una narrativa semi-enterrada entre la violencia y la problemática de raza. Quizá el momento con más relevancia de toda la película, por aunar las tres narrativas y, sobre todo, concluirlas. Mannix lee la carta falsa de Lincoln mientras Marquis se encuentra tirado en cama. En ella, Lincoln se congratula de cómo está cambiando el mundo, de forma lenta pero inexorable, a mejor. La cámara se aleja poco a poco de ellos dos, mientras Mannix sigue leyendo. Si se detuviese aquí, en un travelling eterno, nos hablaría de la reconciliación fraternal de dos rivales irreconciliables. Pero no hace solo eso. La cámara llega hasta los pies de la recién ahorcada Daisy y sube por su cuerpo, mientras Mannix sigue leyendo. Sí, los tiempos están cambiando a mejor. Ahora dos hombres, un afroamericano y un sureño, pueden sentarse juntos y reírse ante el advenimiento de la muerte. Con una mujer colgada delante de ellos, gracias a ellos, a sus fuerzas combinadas. Este es el futuro brillante de nuestra sociedad: salvados gracias a la muerte de mujeres que redimen a los hombres de sus pecados.

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