Ser fan

Se cierra 2015 como el año donde triunfó el fandom. ¿Pero es esta una victoria pírrica? Ahora, por fin, el fan es el espectador ideal que buscan las grandes productoras. Porque es un animal de consumo bastante complaciente, que hará por ellas todo el trabajo de publicidad y distribución al que no llegan. A demostrar lo bueno que es algo aunque esto no lo sea, a convencer al resto de la humanidad no fan a ver esa película en concreto y a llenar sus timelines de sus redes sociales con imaginería y mensajes relacionados con el objeto en cuestión. El fan, por fin, ya no es visto como la rara avis cuya devoción es superior a la permitida o la bien vista. Ahora, cuanto mayor sea el fanatismo, más sinceros son tus gutos y, cuanto mayor sean tus gustos, más personalidad tienes. El friki ha vencido. O tan solo se ha estandarizado.

Este año, el blockbuster ha puesto la vista en el fan y le ha entregado lo que siempre había querido: más de lo mismo. El qué le ha entregado no es ni la mitad de interesante y descriptivo que el cómo se lo ha entregado. Contemos: cuarta entrega de Parque Jurásico, quinta entrega de Terminator, séptima entrega de Star Wars, vigésimo cuarta película de James Bond, etc. Todas ellas no pueden ignorar lo sucedido en las entregas anteriores, pero, más aun, no pueden ignorar al fan que las está observando. Buscando abiertamente su complicidad y el propio dispositivo fílmico crea un metalenguaje para referirse a sí misma como una continuación, un ser consciente de su serialidad. El relato, la diégesis, rompe la cuarta pared de forma simbólica, ya que no literal, para colocar al fan no en la posición de la cámara, del Dios organizador, sino del propio personaje protagonista, como si este tuviese todo el conocimiento que tiene el espectador. El nacimiento del fan en el cine no es algo nuevo: El último gran héroe es el mayor y mejor ejemplo a este respecto, película dilapidada por creadores, crítica y espectadores, llegó 20 años antes de lo esperado.

El fan se ha vuelto casi un arquetipo, sino ya un actante, dentro del texto fílmico. No solo se sienta y observa al héroe hacer, sino que participa, manipula, incluso se enfrenta o salva el día. Así, la primera idea de Scott Lang en Ant-Man al enfrentarse a la realidad es llamar a Los Vengadores. Y sucede un verdadero momento de fanatismo cuando este se ve cara a cara con El Halcón. Algo similar sucede en Jurassic World: el personaje de Jake Johnson lleva con orgullo una camiseta de Parque Jurásico, “el parque original”. De hecho, las referencias aquí a la primera entrega son numerosas y constantes. Es llamativo que la connotación de todo ello trate sobre el propio poder de blockbuster y tenga que llegar el símbolo de la primera, el tiranosaurio, entrega a dar fin a esta última. Pero todo esto sucede en otro nivel de significación. No está a la misma altura que los propios personajes que corretean por la isla, sino por encima de ellos, más grande que ellos, más cerca de nosotros. La referencia es real, ellos no lo son.

Terminator Genisys se encarga directamente de reescribir toda la primera entrega, The Terminator, gracias al propio espectador. De no ser por el fan que está observando, esta reescritura sería inexistente. Que la aparición del primer T-800 esté planificada exactamente igual que la película de 1984 es, de hecho, una deformación de cómo hacer cine: la propia estructura, que según el modelo tradicional hollywodiense debería ser transparente, inexistente, se revela ante nuestros ojos como la carga única que contiene el sentido. Lo que se muestra es irrelevante, por conocido. El que se vuelva a mostrar, que se vuelva a decir o, mejor, a citar, es donde se pone el acento. Y Genisys está lleno de esos pequeños momentos donde la cita se inmiscuye en la diégesis tradicional para despertar al fan, para crear en el cierto placer. O’Brien (J. K. Simmons), un personaje que aparece en la primera parte de la película y desaparece hasta la segunda, adopta la posición del fan que no entiende qué está sucediendo, pues su guía son las películas antiguas. Es salvado por Kyle Reese y es consciente de la presencia de máquinas con aspecto humano. Su obsesión con esto es similar a la obsesión que pueda tener el fan con la saga Terminator, preguntándose qué ha sucedido hasta ahora y quién es esta gente.

La mayor muestra del fan, por ser la más encriptada en el simbolismo y formar una mejor comunión en la diégesis, sucede en El despertar de la fuerza. El fan ya no es un personaje o una situación, sino un ambiente, un estado de vivir y ver las cosas. Los personajes centrales habitan en ese estado de fanatismo. Rey habita en medio del desierto, dentro de un AT-AT. La protagonista del film sobrevive en el interior del discurso pasado, naciendo de este y madurando en él. El nexo de unión entre el pasado, el presente y el espectador surge ahí: el pasado es el lugar donde se entierra el germen y es el presente donde el espectador puede desenvolverse, al igual que los personajes de la película. Lo mismo sucede con Poe Dameron, que exclama las ganas que tenía de pilotar un caza TIE al ponerse a los mandos de uno. Esa pasión por un objeto que existe en su universo, pero es inalcazable, es similar a la que siente el fan por el texto fílmico: está ahí, pero no existe, no es tangible. O la diferencia de versiones que da Finn respecto a Rey al conocer a Han Solo. Para uno es un líder rebelde, para otro un contrabandista. Esta distinción en la misma historia, en donde ambos tienen razón, ve su igual en la versión alterada de Star Wars, que, según el metraje visionado, puede que Han disparase primero o no.

El mayor exponente de este estado fanático es Kylo Ren. Ya desde la apariencia se muestra similar a Darth Vader. Solo al avanzar la película descubrimos su conexión con este y el hecho de que vaya así vestido: no es más que un admirador, un seguidor enloquecido. Su máscara, que también distorsiona la voz, es pura estética. No hay nada más debajo, no hay un motivo último ni un trauma pasado. Es, en lenguaje coloquial, un poser. Vive por y para el recuerdo de su ensalzado. En una película donde el gag, la referencia, el guiño y el cameo lo sumergen todo, la motivación del villano es, simplemente, ir cosplayado por el relato.

La representación fan en el cine ha cambiado. Ya no llega solo con mostrar constantemente una serie de referencias que completen al personaje, como sucede en Burying The Ex, donde el fan era tan solo una característica de un personaje que, por otra parte, estaba muy tristemente definido. Pero todo esto era externo a él y poco afectaba a su forma de ver el mundo, ya que ese fanatismo por las películas de zombie y miedo podría ser cambiado por cualquier otra cosa.

Surge la problemática, como sucede siempre que la industria fagocita cualquier cosa externa a esta, de si este fandom podrá seguir existiendo de forma independiente a la propia industria o será esta la que guía a partir de ahora las acciones de los segundos. Cuando Disney decidió eliminar todo el canon oficial de Star Wars, esto solo afecta al texto oficial que ocurre a continuación, pero no a la percepción del fan sobre este mismo universo. Si el fan se deja arrastrar por los cantos de sirena de la industria, que adapta sus discursos de una forma superficial, la subversión que existía en algún momento en la narrativa fan se pueden ver erradicados, o al menos controlados, por los creadores del propio texto.

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