Algo de Hope

Debido a todo lo que conlleva el proceso de creación, no podemos asumir que hay nada natural, baladí o dejado a la suerte a la hora de escribir personajes, filmarlos y representarlos en la pantalla. Es muy simple: al hacernos un selfie, el ángulo, la posición, todo lo seleccionado para aparecer en el encuadre, se deja ahí por acción u omisión, en un suceso de aceptación o descarte. Estamos creando un significante para nosotros, el significado. No podemos dar una imagen completa de nosotros, lo cual sería terrible, por otra parte, así que seleccionamos lo mejor, aunque sea tan solo una ficción. De ahí que la foto de perfil de Facebook y la realidad nuestra disiente bastante a la hora de la verdad. Este es un avance fundamental y decisivo en nuestro presente. La capacidad de que todos podamos manipular la imagen que queremos que vean de nosotros.

Asumiendo que la selfie es sobre nosotros, pero no es nosotros, no podemos creer que los personajes fílmicos sean tratados como personas reales, sino como signos y símbolos, partes de una imagineria y un discurso global que transcurre por todas las partes de la película, desde la puesta en escena hasta el diálogo pronunciado por estos propios personajes. Así, Rambo no es una persona humana con sus dilemas, traumas, preocupaciones. Ni siquiera es un símbolo de algo más, como puede ser los Estados Unidos post-guerra de Vietnam. Rambo ES Estados Unidos post-guerra de Vietnam, con sus dilemas, traumas y preocupaciones. Batman no es una metáfora de un autor en concreto sobre un tema, Batman es esa misma visión, sea esta sobre la problemática del vigilante nocturno o de la clase alta salvando a la clase media de la anarquía total.

Pocos personajes se han desnudado de esta personificación para convertirse en lo que son realmente. Dos ejemplos tenemos, sin embargo, el año pasado. Ambos encarnados por Scarlett Johansson: Lucy y Under The Skin. En la primera, una mujer que se dibujaba como la presa de un depredador (sea este el último adepto a la Seducción Científica o un vendedor de seguros cualquiera) acaba por convertirse en una conciencia que lo habita todo, lo sabe todo y lo ve todo. Ya no es una persona, ahora es una entidad superior. Pero no deja de ser un personaje. El punto final de su evolución.  Es una idea que se convierte en otra, desde la visión de una mujer que se deja avasallar por un hombre hasta la mujer como fundadora de toda una nueva especie -de ahí su relación con Lucy, la australopiteco- y Diosa dadora de dones. Y que sea mujer tiene un sentido dentro de esta narrativa que cambiaría si el personaje fuese un hombre. Por eso no es baladí que sea una mujer, nunca es baladí que un personaje sea del género que sea. Igual sucede en Under The Skin.

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Un alienígena llega a la Tierra en una misión que se antoja zoológica: captura hombres y los encierra en su nave, son tragados por el vacío, un líquido negro que ignoran gracias a la promesa del cuerpo de la protagonista. Si en Lucy la evolución de mujer a ente mostraba lo ficticio que es la humanidad en los personajes, aquí la humanidad está ausente por completo, aun cuando se la busca adrede. La protagonista usa su físico como reclamo, hasta que se encuentra con un físico extraño, deformado, distinto y se plantea su propia caza. Mediante el reflejo, se pensará a sí misma y en qué se ha convertido. Hasta el último momento en el que se desbrozará de su piel y se mostrará tal y como es. Una imagen confusa de leer y entender, un concepto pleno sobre la búsqueda de la identidad.

Los personajes femeninos en Marvel parecen no tener consistencia propia, estar siempre a merced de personaje principal. Así Pepper Potts aparece entroncada y necesitada de Tony Stark para existir e, incluso, para curar la enfermedad que tiene en Iron Man 3, como si los poderes adquiridos fuesen exclusivos de un grupo de gente y en los demás tan solo un cáncer a erradicar. También la Viuda Negra aparece en principio en Iron Man 2, para luego ser la pareja del Capitán América en Capitán América: El soldado de invierno y acabar con Bruce Banner en Vengadores: La era de Ultrón. O Jane Foster en Thor: El mundo oscuro, que poco más hay que añadir.

Y llega Ant-Man. Otra mujer más para añadir en la lista, Hope van Dyne, con una relación doble: es tanto la hija del maestro como maestro en sí misma como interés romántico. Es un puñado de cosas, pero muy pocas veces tiene agencia propia, por no decir ninguna. No hace nada que no haya sido impuesto por el padre y no se arriesga a nada hasta que no media el protagonista para templar sus ánimos. Hope parece ser el personaje femenino que intenta rebelarse por todos los demás, luchando contra el monopolio del héroe por ser el centro de atención en la historia y el “hijo que nunca tuvo” su propio padre. Esta figura paterna parece ser la propia Marvel. Mientras que ella está más que lista para protagonizar el relato, el padre la retrasa por un trauma pasado. Pero no deja de ser el primer personaje femenino marvelita que se enfrenta al padre y encarna de forma tan clara el arquetipo del maestro.

Y, sin embargo, la narración la sigue ignorando, la aparta y la vapulea. No deja de ser, como Gamora, otro personaje subversivo en la superficie y atado a las mismas problemáticas que todos los demás. Lo cierto es que Marvel tiene por delante una tarea titánica para sacar a sus personajes, sus ideales y costumbres, del pozo donde ha nacido y sigue permaneciendo. La promesa de Captain Marvel no es suficiente, ni aun teniendo a la Agente Carter, a Jessica Jones o a todo el reparto de mujeres, tan diversas y concretas, de Agents of S.H.I.E.L.D. Llama la atención como la televisión es capaz de trabajar personajes diferentes y especiales, siendo el lugar más avanzado, en comparación con las películas.

En última instancia, en los margenes del relato, cuando este ya ha acabado, Hope también recibirá la promesa de convertirse en una heroína. Pero será el padre el que le dé alas para poder convertirse en tal. Mientras que a todos los demás héroes los poderes son conseguidos por derecho propio, tras diversas pruebas y retos, aquí tendrá que ser  su progenitor el que abra la puerta a un nuevo espacio, un nuevo terreno. Bien es cierto que ella ya había demostrado sus capacidades, pero no tiene un viaje similar al del héroe. No hay espacio para ello. La pasividad llega allí hasta donde empieza la aventura.

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