Cosmogonía de los VMAs

Lo irrelevante no es, o no tiene porque ser, inocuo. Puede no tener interés para nuestra vida, no afectar en absoluto a su transcurrir e influir poco o nada en ella. Eso no quita que pueda ser dañino a grandes rasgos o provechoso a niveles menores, pero aun así fundamentales. Los VMAs son un ejemplo perfecto de irrelevancia, pero con un impacto social. Aunque, claro, ¿qué no lo tiene hoy en día?

Me siento completamente ignorante ante el televisor para, espero, presenciar algo similar a la actuación de The Lonely Island en los últimos Oscars. Me resulta, sin embargo, imposible proseguir la narración sin hablar de qué sucedió en capítulos anteriores. Hasta las celebrities y las estrellas pop están consiguiendo una narrativa propia y cerrada que, supongo, siempre ha habido, pero ahora se antoja más real que nunca. Así que, antes de los VMAs, sucedió esto:

Más irrelevancia. Pero sigue sin existir inocuidad alguna. Se esperaba, entonces, que sucediese algo. Los VMAs demostraron ser Los Vengadores de las artistas pop. Cada una con su carrera por separado, su personalidad, la Capitán América que es Taylor Swift, la Hulk que es Nicki Minaj, la Iron Man que es Miley Cyrus. Sobre estas tres pivotaron los acontecimientos. Lo interesante de esto es la fuerza política que sobrecargó toda la gala. Pero comencemos por el principio.

Primero, y aludiendo a los eventos sucedidos pre-gala, llegó la reconciliación. Nicki Minaj y Taylor Swift cantan juntas y se sonríen, se miran, se arregla todo el asunto. Lo interesante aquí llega cuando toda esta gala resulta ser un simulacro de los movimientos sociales que se están dando en las corrientes de Tumblr y Twitter. Minaj insiste en que ningún hombre debe mantenerte, mujer, y que te ganes tu propio pan. Y Swift que ya es hora de un mundo donde los niños juegan a princesas y las niñas a soldados. Miles de ojos adolescentes escuchan y miles de oídos adolescentes escuchan.

Se mezclan de forma extraña las historias de superhéroes (¿las artistas pop no son eso, una figura de referencia?) con las políticas de escala elemental. Se da espacio, claro, a todo tipo de elecciones: ahí está Miley Cyrus intentando ignorar cualquier discusión y asimilando estéticas para crear una propia. Los sketches en la gala parecían la versión del Mundo Bizarro de Hannah Montana, con una Miley adulta cuya vida es una sitcom continua, que tanto le da tener a Andy Samberg con su cuenta de Instagram como a un trío de raperos negros sorprendidos ante sus desquiciadas anécdotas. Pero al final se queda en el espectro de la apolítica.

Aquí tenemos que detenernos de nuevo a eventos precedentes a los VMAs: Miley Cyrus dice que Minaj no es muy maja ni muy educada en una entrevista realizada en el The New York Times, con motivo de la discusión de Minaj y Swift.

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El contraplano:

Y el centro de todo esto ya no es el cotilleo, la prensa, la irrelevancia o lo inocuo que pueda ser toda esta gente, sino una realidad palpable y continua. Tratar una denuncia, un malestar general, como algo que hace esa persona en concreto, una rareza a la que no se le debe prestar mucho caso y es mejor ignorar y seguir hacia adelante. Ahí es donde Cyrus pone el dedo en la llaga de la artista pop más caótica e imprevisible que te puedes llevar a una gala de premios.

Y los ojos de los adolescentes observan.

De hecho, estos adolescentes también son los que ahora se suben al escenario. La propia Miley Cyrus o Justin Bieber, que acaba en un conato lloroso, aunque no va a ningún lado. Estos ídolos, como simulacros, como sombras, son frágiles y fútiles. Ahí estaba Demi Lovato. El caso de Demi Lovato es para analizar: otra estrella más Disney (junto con Cyrus, Nick Jonas, Selena Gomez y otro gran contingente de artistas que por allí pasaron) que, en este caso, se rompe joven y aparece renacida tiempo después. Pero llega tarde. No es Katy Perry, no es Miley Cyrus ni es Nicki Minaj. Aparece despersonalizada, perdida en el maremágnum de estrellas que por allí zozobran y rebotan. Llega tarde. Esto es: llega tarde en un mundo donde te entrega un premio alguien que dice haber comprado tu primer disco cuando tenía doce años. En 2004.

Al final, la sensación es de una gala improvisada, destartalada, estúpida. Uno se queda con la sensación de haber visto, más que Los Vengadores, el Wrestlemania de la WWE. Nada es cierto, nada es verídico, nada es relevante. Pero tampoco es inocuo. Puede golpear, hacer daño, dejar huella. Aquí es donde entra no la labor o responsabilidad de las estrellas, sino la nuestra propia. Ellas, después de todo, no existen.  ¿Hasta que punto queremos creer y confiar en estas figuras?

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