Recordar la memoria

La memoria, cinematográficamente hablando, es imposible. Por ser algo imprecisa, obtusa, irreal, un amasijo de sensaciones, sentimientos, visiones, sonidos, incluso olores, que no se pueden describir con palabras. Se puede, vaya si se puede, intentar representar. Pero siempre estaremos lejos de precisar con una cámara un recuerdo. Podemos usar el montaje, usar efectos gráficos y sonoros para llevar a cabo tal tarea. Y no es tan simple como suponer que la mente es una voz en off que habla por encima de nosotros mientras hacemos gestos.

Tenemos el problema, entonces, de querer unos personajes con un fondo, una historia anterior a la narrada en la película, pero que no puede ser mostrada en esta. Quizá esta vida sea una motivación más, sino la única, para llevar a cabo las acciones que tiene que llevar a cabo. Ya sea el villano o el héroe en cuestión, todo su bagaje pasado se notan en un presente continuo que avanza a medida  que lo hacemos nosotros con el film. Quizá no nos muestren nada de esto, pero vamos a aventurarnos en que sí se hace, es necesario y, además, nos da cierta satisfacción personal.

Cojamos al sujeto 1: Oblivion (Joseph Kosinski, 2013). Jack Harper trabaja como reparador de drones en una Tierra arrasada y vaciada. Le quedan un par de semanas para dejar el trabajo y pirarse con el resto de los humanos  a una colonia espacial. Tiene, sin embargo, extraños sueños. Sueña con Nueva York, con el Empire State, con una mujer que desconoce. Le molesta un poco, pero tampoco presta mucha atención al tema. En medio del gran desierto devastado que es la Tierra, Jack ha encontrado un pequeño vergel donde tiene una cabaña y cosas viejas.

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Allí, Jack reune libros, figuritas, un tocadisco con distintos vinilos. Se puede quitar el uniforme de trabajo y ponerse ropa más deportiva. Tirar unas canastas, beber agua del lago. Tener una vida que, nosotros, consideraríamos normal. Para él, por supuesto, no es normal, sino un oasis en su cotidianidad. Lo importante es ver cómo Jack, sabremos más adelante, recuerda su vida pasada, antes de la invasión a la Tierra y la casi completa aniquilación de los humanos, e intenta reproducirla de forma inconsciente. El peluche del King Kong tiene la relevancia de transportarlo a un momento de su vida donde no había preocupaciones, en el cual no era una marioneta para una monstruosa plataforma alienigena.

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Todo esto tiene la función de cosificar la memoria: convertir los objetos en merchandising para el alma, consumo emocional. Oblivion, incluso, llega a un final perverso en el que el Jack protagonista es substituido por otro Jack, pues la Tierra, por lo visto, está poblada de estos. El Jack protagonista, el Nº49, no es especial al resto de los Jack. Todos tienen los mismos recuerdos, la misma Nueva York, el mismo Empire State y la misma mujer desconocida. Nº49, tan solo, ha caído en el lugar correcto. Y puede permitirse ser distinto gracias a todas estas adquisiciones subconscientes.

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No solo eso, sino que este Jack ha tenido la oportunidad de disfrutar la vida con cierta evasión. Recuerda Jack, al comienzo, un partido de rugby que no pudo vivir porque no había nacido aun para estar allí. Al final de su historia, el sonido extradiegético de miles de voces se emocionan tras el touch down decisivo. La diferencia radica aquí en que es algo lejano a él mismo. Borrowed nostalgia for the unremembered 80s, que diría James Murphy. La memoria también funciona hacia aquello que nos gustaría haber visto, pero somos incapaces de recordar, pues esta está ligada a nosotros de forma inherente. No podemos sacar la memoria a pasear.

Sin embargo, parece haber ahí más emoción que en el simple sindrome de diogenes sentimental. La narración crea un ambiente, lo llena de silencios y sonidos, el dialogo llena por momentos toda la pantalla y acaba estallando, de forma fulgurante. Es una solución de bajo presupuesto que utilizan bastante las series. Y funciona, mientras el actor o actriz sea bueno.

Vamos a por el sujeto 2: Dawn of the Planet of the Apes (Matt Reeves, 2014). Una colonia de humanos, después de que un virus haya exterminado casi por completo a la humanidad (¿se ven las similitudes?), necesita desesperadamente electricidad para seguir funcionando. El problema radica en que la planta de producción más cercana está en territorio de los simios.

Y luego tenemos a este tipo.

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Por su forma que tiene de mirar hacia abajo, por su media sonrisa y su ajado rostro podemos llegar a la conclusión de que es el que está al mando. La colonia humana acaba de recuperar la electricidad y ahí abajo se está festejando. Sin embargo, él es un lobo solitario, cansado ya y radical en su postura sobre convivir con los simios. Lo primero que hace, al tener electricidad, es lo siguiente:

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La escena no tiene música, ni sonido. Nadie habla, tan solo es una alternacia de planos entre su rostro y la pantalla del iPad. El recuerdo, en este caso, no se encuentra en un consumible. Bien es cierto que a él no le borraron la memoria ni es el clon Nº49 de un prototipo. Aun así, su forma de acudir al recuerdo, de despertar la memoria no es mediante objetos, que en esta situación sería más fácil, sino mediante dispositivos. Si el objeto es un contenedor del recuerdo, lo encarcela, lo encierra y lo oprime, lo baja a lo terrenal y nos lo da en bandeja, la foto funciona como un catalizador. No cosifica la memoria, solo la lanza contra un muro de sentimiento.

Las cosas ya no tienen el mismo valor para nosotros. Hay una extraña brecha generacional entre una película y otra. La primera parece pensada por una tienda de recuerdos, esas que asolan Madrid y te obligan a comprar algo para demostrar de forma fehaciente que has estado ahí. La segunda muestra de fondo una pequeña reflexión sobre la dependencia de la electricidad, pero nunca para juzgarnos ni para criticarlo. Solo muestra cómo será recordar algo en el futuro.

Ambas películas intentan recurrir al recuerdo como una motivación para el personaje. Si bien Oblivion lo hace de forma subconsciente para este y Dawn of the Plante de forma más que consciente, ambos intentan recuperar este tiempo perdido, luchar para que vuelva. La primera lo conseguirá, pues su mensaje no es otro que el de que la raza humana siempre prevalece. La segunda no nos tiene en tan alta estima. Al final, una va sobre alterar el status quo para mantenerlo igual que estaba antes. Y la otra, sobre cómo el status quo necesita caer para que uno nuevo se levante sobre sus cenizas.

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