Golpea fuerte, golpea mejor

Whiplash (Damien Chazelle, 2014)  es, en gran medida, una huida hacia adelante. Hay tan solo un momento en el que el joven Andrew deja de tocar la bateria y se debe tan solo a la estructura inherente del guión cinematográfico. Whiplash es eso, pero no es una película sobre jazz. Tampoco es una película sobre música. Eso sí, trata en menor medida el romanticismo por un instrumento, su mitificación por parte del pupilo y la fijación que tiene sobre él el maestro. Whiplash es una huida hacia adelante golpeando más fuerte, mejor.

Whiplash tampoco trata sobre ser un genio de la música. Andrew es incapaz de seguir a la banda cuando tocan un tema que desconoce, no sabe improvisar. Solo lee partituras, las memoriza y las lleva a cabo hasta la extenuación. Repitiéndolas una y otra vez, una y otra vez. Solo, en su cuarto, sin escuchar música, sin relacionarse. No se trata sobre la soltura con la que se toca la bateria o todas las posibilidades que hay ahí fuera. Tan solo pretende tocar más rápido un platillo. Doble tempo, seguimos.

Whiplash trata sobre ser grande. La idea de grandeza que conlleva desafiar la autoridad y hacer que se arrodille ante uno. Trata sobre el fascismo, las diferentes formas de aplastar al rival, subyugar a todo un grupo de gente bajo tu bota golpeando el bombo. El camino del egomaníaco es solitario. Aparte de su lado a todo aquel que considere una distracción, no encuentra sentido en las relaciones sociales y cualquiera que toque su instrumento es un rival a batir. De la mano del maestro, la mano que baja para que comience a sonar la música, a la mano del bateria que golpea su tom hay tan solo un pequeño paso.

Por eso las comparaciones con Heartbreak Ridge (Clint Eastwood, 1986) se antojan tan vagas. Una figura autoritaria no hace una película, sino su relación con el pupilo al que intenta enseñar. Y la relación aquí va en ambas direcciones. No solo eso, sino que se le podrían añadir unos cuantos adjetivos: masoquista, denigrante, autoritaria y homoerótica. La referencia más directa parece estar en la línea de Apt Pupil (Bryan Singer, 1998). Un nazi (en este caso literal) le enseña a un adolescente todos sus secretos mientras este mejora en sus estudios. La obsesión del crío es la que trae el drama a la película, hasta el punto de hacer desfilar al viejo como en el Tercer Reich, haciéndole sentir como entonces.

La obsesión tratada en pequeños planos. Heridas sangrantes, tiritas que se caen, baquetas golpeando platillos primero despacio, luego rápido, luego despacio. La obsesión está llena de pequeños detalles. Podría ser un sonido, podrían ser cien en un segundo. Quizá, después de todo, Whiplash trata sobre eso. La obsesión insana. El romanticismo que la llama pasión no entiende nada de ello. Porque la obsesión no trata sobre esa bateria dispuesta para una autopsia, desmembrada en pequeños campos de existencia. Sino sobre ser el mejor. Y ser el mejor, como concepto, es tan ajeno a nosotros, tan complicado.

Whiplash, entonces, se podría reducir a su tema. De qué habla, de qué no. Estaríamos perdiendo por el camino toda la diversión. No creo que la propia película se pare a contemplar estas pequeñeces. Se pierde en sí misma, en su ritmo. Oh, en ese tempo.

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