clasismo textual

Han salido dos textos esta semana que me han gustado especialmente. Me refiero a  este sobre la narrativa del Tetris y este otro sobre Los juegos del hambre como la única saga adolescente que, quizá, tenga algún tipo de mensaje progresista. Sin profundizar en ninguno de los temas que toca (tanto el análisis de la narrativa de uno y todas sus implicaciones como las lecturas políticas de la otra darían para paginas y paginas), aciertan en dar con la tecla para que veamos textos que creíamos no ser dignos de posar en ellos cierta mirada nuestra.

Bien por viejos, bien por el publico al que van dirigidos o por la conciencia creadora que los ha dado a la luz, estos textos tienden a ser rechazados, menospreciando sus capacidades y las posibles lecturas que podamos encontrar. A ambos post les une la sección de comentarios: usuarios de la web negando todo lo comentado en la entrada por pensar en los textos referidos lo anteriormente mencionado. Que el autor no tenía nada de eso en mente, que el público al que va dirigido no lo entendería así, que es tan solo una paja mental hecha por alguien muy aburrido.

Es un clasismo textual muy propio de una educación que sigue distinguiendo, aunque las barreras ya hayan quedado totalmente destruidas, entre la Alta y la baja cultura. Aunque sea solo para consumirla. Da igual que la forma de menosprecio atienda al creador: ese ruso que seguro que nada sabia de narratología; al emisor: ese adolescente que quiere siempre lo mismo sin complicaciones; o al formato en el que se entrega el texto: el videojuego (que solo es un videojuego), la saga blockbuster, el vídeo de Youtube, el videoclip de la MTV.

La idea, como siempre, viene dada por lo que es y lo que debe ser la cultura. La tradición, el sentido común, lo aprendido en un sistema educativo concreto en una fecha concreto, encierran en el ático de nuestra mente aquello de lo que se puede discutir porque es verdadera cultura y lo que no. Porque el problema no está en el análisis en sí, sino en el objeto de estudio tratado en él.

Se suma, a mayores, el mito de que hay cultura politizada y cultura apolítica y que se debe politizar o no la cultura, dependiendo de que lado del espectro estés. Por lo tanto, aquella cultura que trata sobre política en un primer nivel, de frente y a la cara, sí que podrá ser analizada de tal forma. Pero la que no, la cultura ociosa, tan solo podrá ser consumida. De esta forma, la brecha en este clasismo textual se hace cada vez más grande. Mientras que unos niegan el valor político de toda cultura, otros no ven lo politizado delante de sí mismos.

Al final, más por una posición pasiva que por una activa, todos están haciendo campaña por lo mismo: volver a distinguir la cultura en clases, diferenciar los textos y, con ello, a sus autores y a sus receptores (potenciales o no). Da igual que culpen a los primeros por parecerles inanes o a los segundos por sentirlos fuera de onda. Ignoran que todo texto es político y que la política se crea cuando interactuamos, performamos, aprehendemos y nos adueñamos de estos textos. Que el autor ya no importa y que solo nosotros, mediante nuestra visión, podemos crear el cambio.

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