Chicas Jugadoras Verdaderas

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Esto no lo esperaba. Esto sí que lo esperaba, porque lo había visto venir desde hace tiempo. Les recomiendo su lectura para saber qué ha pasado este verano y por qué es tan necesario iniciativas como las primeras. Porque todo está enlazado, claro. Cada cosa es una pieza de un gran puzzle que debemos arramplar de la mesa para destrozarlo, acabando con cada pieza, obligándola al desgaste hasta que desaparezcan.

Ya han repetido por activa y por pasiva el carácter paródico de la revista. Lo más interesante se encuentra a simple vista y, viendo la avalancha de comentarios, es lo más escamante para cierto público: alejar al usuario medio hasta ahora del centro del discurso, como receptor y como emisor. Ya decía Leigh Alexander que el gamer ha muerto. La multiplicidad de narradores hoy en día invalida el viejo mantra del capitalismo que ella misma retrataba en su artículo: “jugador adolescente blanco, eres especial, no cambies”.

La revista a parodiar se enfocaba desde y para ese mismo sujeto. Hombres usando a mujeres para comprar a otros hombres. No solo se aplica a revistas de porno soft que suponen un problema menor, aunque uno sintomático de la situación actual. Ha sucedido en los videojuegos desde el comienzo. Por eso, desplazar a toda esta población está suponiendo un trabajo contra el odio.

Las Chicas Jugadoras Verdaderas solo son un clavo más en el ataúd de ese mundo que muere. Por eso hay tanta gente perdida, ofendida o, simplemente, extrañada. De repente, el discurso no trata sobre Él, sino sobre una situación, un tema, un momento. Las TGG no quieren venderte una moto, chaval. Quieren demostrar, mediante la parodia y la exageración de la caricatura lo ridículo que ha sido todo esto hasta ahora. Antes, todo esto era campo de penes.

Así, el narrador bascula. De una mirada masculina que daba como resultado un discurso masculino, acabamos en una mirada femenina. Sobre sí misma y sobre su posición en un mundo que no está adaptado a su hechura. Y que, de hecho, las repudian constantemente. Esta mirada termina en un discurso sobre su posición en la narración ya anclada, reivindicando para sí el control de este. Con humor de por medio, por supuesto.

Las TGG funcionan al ser conscientes de su propia situación, pero también porque no construyen una ficción que tiñen de realidad, como sí hacía la revista original. A nadie se le ocurre depilarse con una Game Boy, pero sí que es cierto que el desparrame en el sofá a veces se convierte en parte imprescindible de la propia experiencia de juego. O lo inevitable que es el escritorio y el ordenador en un entorno de jugador. Y que, por supuesto, hay chicas que estudian informática y quieren hacer videojuegos por ella misma. Hay una realidad muy cotidiana En esta cotidianidad se encuentra la mayor reivindicación.

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